A las diez
es una buena hora;
el uno de la mano del cero,
ese que te acerca al más acá
y al menos allá.
Es el hombre solo
ante la nada del punto de origen.
Entre las nueve y las once,
entre el nacer
y ser dos unos condenados
a no viajar nunca hacia la media noche.
A las diez
siete esquinas nos separan;
ángulos de trascendencia
de amplitudes imaginarias
divisadas desde cristales
elevados a la soledad
del aire que respiro,
ese, que no sé si me ahoga,
o alimenta mis emociones
de pasiones,
grandes pasiones,
pendientes de los rincones,
humo caliente que asciende,
se expande
y desaparece.
A las diez
nunca fue buena hora;
dejé la cena en la mesa
emanando soliloquios,
frases de libros anónimos
que ponen peso en la noria
para que ruede la vida,
falsificaciones triviales
sobre hojas numeradas
a la vuelta de cada día,
collares de cuentas impares
adornando melancolías.
Entre las nueve y las once,
entre el nacer
y ser dos unos condenados
a no viajar nunca hacia el amanecer.
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| Fotomanipulación de Madalina Iordache Levay, Rumanía 1982. |
